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Dios se sientesolo

Era mi segunda cama. No la primera, que ya no existía.

De noche, con las manos sobre el pecho, hacía lo que algunos llaman rezar. Yo lo llamaba recontar el día. Había una presencia que me gustaba imaginar: no mis padres, que tenían cuerpos y distancias y cansancio, sino algo sin obligación de desplazarse, sin origen al que regresar. Algo que simplemente estuviera.

Esa noche, en el momento exacto entre el pensamiento y el sueño, lo supe: dios estaba solo.

No lo deduje. Lo supe de la manera en que se saben las cosas que el cuerpo entiende antes que la mente: un estremecimiento que empezó en el centro y no terminó. Si dios lo sabía todo, sabía de la soledad. Si podía todo, no podía librarse de saberla.

Me caí de la cama. Eso también lo supe sin pensarlo.

Crucé el pasillo. Mi padre estaba en su habitación, donde siempre había estado, donde los padres están cuando todavía están.

Le pregunté, temblando: ¿dios se siente solo?

No recuerdo si respondió. Creo que el temblor era la respuesta.