Era mi segunda cama. No la primera, que ya no existía.
De noche, con las manos sobre el pecho, hacía lo que algunos llaman rezar. Yo lo llamaba recontar el día. Había una presencia que me gustaba imaginar: no mis padres, que tenían cuerpos y distancias y cansancio, sino algo sin obligación de desplazarse, sin origen al que regresar. Algo que simplemente estuviera.
Esa noche, en el momento exacto entre el pensamiento y el sueño, lo supe: dios estaba solo.
De qué sirve el cuerpo si no para experimentar el alma? Para encarnar mi vulnerabilidad Crear nuevas fortalezas jamás antes vistas Pero secretamente soñadas y anheladas En noches frías de sueños largos Y ambientes pesados y etéreos
De qué sirve el cuerpo Si no para experimentar el alma? Que mi carne sepa los límites De la reinvención de uno mismo Rompiéndose donde creía que había fin Para escapar por rendijas De la jaula que lo protegía En creencias de mundos antiguos heredados
Tu nombre y la espuma
para siempre atadas al mar en mi memoria,
cuerpos líquidos, burbujas de estallido suave
en un siseo breve contra la arena.
Infinita geometría
en combinaciones efímeras,
delicadas,
frágiles.
Tu nombre y la espuma
vienen y van,
pactamos el mar y yo
el mismo destino:
desaparecer
en agua salada,
en Mar,
en llanto.
Me traga el agua,
hundiéndome en la costa, entre las partículas,
entre las conchas, bajo las pisadas.
El brutal incidente de tu cuerpo desnudo chocando con el mío: transferencia de sudor.
Contacto inesperado, húmedo resbalo, repentino azote de cuerpos con vigor.
Y la sangre, y el aire, se arremolinan.
Estallan como diminutos globos, revientan como majestuosas olas de agua salada en mi nariz roja. Mi nariz que sangra.
De mí brotan miles de dagas, apuñalan suavemente hasta el fondo del aire en una exhalación fugaz.
Mi mente persigue tu figura, acelerante. Te veo correr desde todas las direcciones, en todas las dimensiones que percibo y me describo como si viniera desde una nube de gas que no roba la respiración.
Alguna vez le quise mucho.
Era un ser de magia, de sorpresas, aventuras, risas. Un ser que resolvía retos, que creaba, que pensaba con ingenio.
Alguna vez le quise mucho.
Con sus regalos compraba mi afecto, compraba el tiempo. Y yo lo aceptaba.
Alguna vez le quise mucho.
Cuando justifiqué sus groserías, cuando ignoré sus ausencias, cuando callé las respuestas que merecían sus insultos.
Jadeo. Vaho caliente. Saliva densa. Luces azules y rojas. Orbes flotantes: las más tenues, las que sólo veo de noche.
Pongo en escena la satisfacción de mi hambre por tu carne.
Perversión dulce.
De noche, en un sueño, vienes a mí a seducirme después de sedarme con el desliz húmedo del valle de mi cuerpo.
Sé, por tu visita, que en tu propia gota, con aroma a agua salada, te liberas.
Sofía tenía una pierna en su cama.
No la suya. Tampoco de carne. Era una pierna postiza, vieja, sin origen claro. La había encontrado una noche, entre los contenedores de basura, envuelta en una bolsa negra, como si alguien hubiera querido esconderla… pero no demasiado. La levantó, y sin pensarlo dos veces, se la llevó a casa.
Le puso un nombre: Carol.
No sabía por qué, pero ese nombre le pareció inevitable.
Me he puesto a buscar tu cicatriz En cada torso, Entre las 7 y las 8 De cada ombligo que desfila En la pasarela vertical.
Es inconsciente, Un recuerdo incipiente De otra vida, otro cuerpo, otro momento. Otro cielo, otro azul, Una habitación con ventanas abiertas, Estructuras abiertas, Y cabello negro y corto.
Busco esa antigua herida horizontal Que nunca dejo de cuestionar, ¿Cómo es que fue a parar A donde quiero que vayan mis besos?
Resulta ser que mi baño es un portal hacia otra dimensión. Me lo ha dicho el Oñoñó que ahora vive en casa. O al menos pasa mucho tiempo allí.
Mi baño es un baño normal, tiene todo lo que tendría un baño normal: Una ducha enclaustrada por acrílico transparente en la esquina, un lavabo lleno de productos de aseo personal, coronado por un espejo en el que me veo de los hombros hacia arriba.