El fantasma vivía en el espacio exacto que marcaban las puertas de las habitaciones de Carla y Cristian.
Lo veía ahí, rodeado de un círculo imaginario que absorbía los colores circundantes y los mezclaba hasta formar un fondo semiopaco, un azul indescriptiblemente triste. Como el color de un suéter que alguna vez vibró de vida y ahora solo es pelusa.
Me había pedido una manzana esta tarde, como todas las otras veces.
Una canción que te haga pensar en mí
Una canción que te haga pensar en mí, inevitablemente.
Que te evoque toda mi naturaleza, y deje la idea fija, obsesa, como perfume que no se va.
Quiero ser el objeto de tu adoración, la única a quien le dediques tus contemplaciones y tus solitarias consolaciones.
Quiero cantarte cosas obscenas sin que te des cuenta, y que, al hablarte de una fruta, solo pienses en comer a quien te susurra.
Llegar a conocer tu aroma.
Pienso, en un momento donde siento los dedos entumecidos, en el azul.
Y tu silueta, evocándome un sonido distante que anuncia tu presencia sin recurrir a la mirada.
Y pienso, en esta distancia, donde el cuerpo es el invitado que más se demora en llegar.
Llegar a conocer tu aroma.
Por destino o casualidad, estar en la presencia de tu ausencia, la más ligera, la más transitoria, y envolverme en el rastro palpable de las cosquillas que ahora me haces en la nariz.
Te proteges con transparencia.
Las emociones grandes siempre terminan buscando piel.
Tu coraza es densa. La rodeo.
No encuentro un punto que no resguarde de ti. De mí.
Hay un pescador con el que sueño, a veces.
Cabello oscuro, ojos oscuros. Fondo azul. Cada vez que me ve llegar, me envuelve en sus brazos sin decir palabra. Llena mi copa de agua. Me lleva al mar. Me canta.
Es su canto lo que me atraviesa, porque casi nunca me habla. Siento, a través de su canto, la magia que imprime al viento al salir de su boca. Le transfiere algo que las palabras no alcanzan: lo oímos como un idioma, pero es algo más profundo.
Siempre que voy al centro comercial, veo un anuncio pegado en un poste de luz. Está ligeramente desfasado en altura respecto a los otros carteles, quedando justo en mi línea directa de visión. Creo que si no fuera por esto, lo pasaría por alto. No tiene colores, es poco más grande que la pantalla de un teléfono, no contiene ninguna imagen, solo letras y números.
El anuncio, además, me parece diferente a todos los demás, porque en lugar de anunciar algo directamente —"¡Compra este producto!
Luis ascendió las escaleras de caracol hacia la azotea, un ritual que había adoptado desde que firmó el contrato para aquel departamento en la Roma Norte. No por gusto, sino por necesidad. En su contrato estaba claro: “Prohibido fumar en el departamento”. Así que, después de un largo día entre planos y reuniones interminables, subía los cuatro pisos hasta el tejado con su cajetilla de Camel en el bolsillo y el celular con la linterna encendida en la mano.
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Siempre he sentido una conexión especial con los colibríes. Son pequeñas, como yo, siempre se están moviendo, como yo, y son amantes de las flores… también como yo. Quizás por eso me resulta tan fácil verlos como pequeños amigos, como espejos de mi ser.
Creo que son aves poco comunes, o al menos poco comunes de ver en vidas apresuradas, pero siempre han encontrado la forma de cruzarse en mi camino, dejando su presencia marcada, sutil, pero indiscutible.
Pata patata (Solanum pediformis) es un tubérculo comestible altamente preciado entre los Oñoñós.
El origen exacto de la Pata patata sigue siendo una incógnita, sin embargo, se acepta ampliamente que la primera vez que los humanos supieron de este tesoro culinario fue gracias a un Oñoñó que, en un mercado, exhibió la Pata patata en su tienda. Este método de difusión no es inusual, como lo demuestran otros productos como la Mermeño, que también llegaron a los humanos de manera similar.