Skip to main content

Las_puertas

Las Puertas de Aquí

Hay una ley en esta casa, aunque nadie la ha escrito en ninguna parte.

Yo la descubrí de la misma manera en que se descubren todas las leyes fundamentales: intentando romperla.

Me llamo Vera, y soy cerrajera. Fui cerrajera. El tiempo verbal correcto para lo que soy ahora es algo que todavía no he podido determinar, porque en esta casa el tiempo funciona de una manera que no favorece la gramática.

La casa es enorme de una forma que no tiene que ver con las dimensiones. He medido los pasillos con mis pasos. He contado las puertas: ciento setenta y tres, hasta donde llega mi recuento, aunque sospecho que el número cambia cuando no estoy mirando. El edificio no debería contener todo lo que contiene. Pero debería es otra palabra que aquí pierde su forma.

Los niños llevan aquí más tiempo que yo. Se nota en la manera en que se mueven: sin urgencia, sin esa tensión particular de los hombros que produce el deseo de salir. La niña mayor, que dice llamarse Sable y tiene los ojos del color del agua profunda, me observó durante tres días antes de hablarme. Cuando finalmente lo hizo, fue para decirme que había contado mis intentos.

—Cuarenta y dos puertas —dijo—. ¿Quieres que te diga cuáles has repetido sin saberlo?

Le dije que sí.

Señaló ocho.

Eso me enseñó algo sobre la casa que mis herramientas no podían enseñarme: que el espacio aquí no es fiel a sí mismo.

La puerta principal la encontré un martes, o lo que yo calculaba que era un martes. Es distinta a las demás: más ancha, con una cerradura de cilindro doble que alguien fabricó con una habilidad que reconocí como pariente de la mía. Me llevó menos de cuatro minutos abrirla. Sentí el mecanismo ceder con esa satisfacción limpia, casi musical, que es la única cosa que he amado siempre sin ambigüedad.

Al otro lado había una escalera de caracol que descendía.

Bajé. Seguí bajando. El aire cambiaba de temperatura en ciclos regulares, como respiración. Conté mis pasos hasta que dejé de contar y simplemente caminé, y en algún momento sin transición y sin umbral perceptible, estaba arriba de nuevo.

La ley, comprendí entonces, no era sobre las puertas.

Era sobre la salida misma.

En mi segunda semana intenté otra cosa: me lancé por el centro del espiral, donde la escalera forma un ojo vacío que desciende sin fin visible. Caí durante mucho tiempo. La caída no era violenta, era casi gentil, como si el aire tuviera opiniones sobre la velocidad, y tampoco terminaba.

Fueron cuatro de los niños mayores quienes me recogieron, aunque no sé cómo llegaron hasta donde yo estaba, ni cómo regresamos. Sable me curó un corte en la mano con una competencia tranquila, sin dramatismo, como si hubiera curado muchas cosas antes.

—Solo Mamá puede —dijo uno de los más pequeños, desde el umbral de la habitación.

—La señora grande —corrigió otro.

—La maestra —dijo Sable, sin mirarme, terminando el vendaje—. Le dan distintos nombres porque ninguno es suficiente.

He pensado mucho en esa insuficiencia.

En los sistemas de clasificación que las culturas construyen alrededor de las figuras que controlan el umbral: las que custodian el paso entre un estado del ser y otro. No son guardianas exactamente. Son más bien la condición misma del movimiento, encarnada.

Esta casa, entiendo ahora, no es una prisión en el sentido que yo conocía. Una prisión se define por la intención de retener. Esto se define por algo más antiguo y más neutral: es un entre. Un espacio que existe porque tiene que existir, para contener lo que todavía no sabe lo que es.

Los niños no están atrapados. Están esperando, que es diferente, aunque desde afuera, si existiera un afuera desde donde mirar, podría confundirse.

Y yo, que vine con mis herramientas y mi convicción de que toda cerradura tiene solución, empiezo a sospechar que la pregunta correcta no es cómo salir.

La pregunta correcta es más incómoda:

¿Qué tendría que dejar de ser para que la escalera me llevara a algún lugar nuevo?

Sable me trajo esta mañana una taza de algo caliente y sin nombre. Me senté con ella en el alféizar de una ventana que da a un jardín que no puede existir geográficamente donde existe. Los niños pequeños corrían entre las plantas.

—¿Tú también buscas salida? —le pregunté.

Me miró con esa mirada suya, que es antigua de una manera que su cara todavía no ha aprendido a disimular.

—Yo ya sé cómo se sale —dijo—. Estoy esperando querer hacerlo.

Bebí el líquido sin nombre.

Afuera, en el jardín imposible, algo florecía.

Sigo buscando. Pero ya no estoy segura de qué.