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Ojos_subterraneos

(Inspirada en la estación de tren de Passeig de Gracia)

En la pared del subterráneo había cientos de pequeños ojos ,como aceitunas sin hueso empotradas en la piedra, ninguno mirando en la misma dirección que su vecino.

Estaban en la parte superior, donde la bóveda se curvaba hacia la oscuridad, y vigilaban a los viajeros con una atención que no requería moverse. Yo sentía ese peso: una incomodidad que no era miedo todavía, sino su antesala. Un escalofrío me recorrió la espalda y se enroscó entre los omoplatos mientras intentaba incorporarme al paso apresurado de la multitud ,como si el movimiento colectivo pudiera volverme invisible ante aquello que, evidentemente, ya me había visto.

Solo yo veía los ojos,pero los ojos no solo me veían a mí.

La gente estaba tan acostumbrada a su presencia perpetua que pasaba sin detenerse, sin preguntarse por qué estaban ahí o qué hacían exactamente. Me pregunté si alguna vez lo habían considerado. Si alguna vez, en el trayecto entre el torniquete y el andén, alguien había levantado la vista y pensado: esto no debería ser normal.

Quizás no eran muchos ojos separados, individuales, independientes, cada uno con su propia y diminuta agenda. Quizás eran una sola cosa: una criatura de loza con visión omnipresente, que había aprendido a distribuirse, a fragmentarse en la pared como se fragmenta el agua en lluvia, sin dejar de ser una.

Lo cual planteaba una pregunta considerablemente más inquietante que la primera.

Si era una sola criatura, si toda esa extensión de piedra y cerámica era en realidad un único ser mirando, entonces no me había descubierto en el momento en que yo la descubrí a ella.

Me había estado esperando.

Y la diferencia entre ser vista y ser esperada es la diferencia entre el accidente y la intención. Entre perderse en una ciudad extraña y darte cuenta, demasiado tarde, de que la ciudad te conocía de antes.