Personillas
Juro que las vi.
Me parecían pequeñas personillas flotando.
Como polillas seducidas por alguna luz que yo no veía. Pero no: volaban hacia ti. Revoloteaban a tu alrededor con la ligereza despreocupada de las mariposas, jugando, ondulantes, siempre ascendiendo en espirales lentas.
Su cuerpo no era de materia, estaba hecho de otra cosa, de una especie de filtro suspendido en el aire, como un polarizado etéreo a través del cual la luz pasaba transformada: más oscura, más densa, tirando al negro profundo del púrpura.
Donde se posaban, el aire cambiaba de color.
Me quedé quieta. No por miedo, sino porque entendí instintivamente que cualquier movimiento brusco las disiparía, y algo en mí, algo antiguo, algo sin nombre, no quería que se fueran.
Una se acercó a mi cara.
A través de ella vi el mundo teñido de violeta, y el mundo así me pareció, por primera vez, honesto.