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Ronroneo de gato

(Noche insomne en Sants)

Despierta en una habitación ajena, al lado del hombre que la habita y ahora duerme.

Las sábanas son suaves pero el aroma es invasor, persistente, una presencia tan física como el cuerpo dormido a su lado. Se siente inquieta de una manera que no tiene nombre preciso, la clase de inquietud que no es miedo sino reconocimiento de ausencia: este lugar no la conoce, y ella no lo conoce, y entre ambos existe un acuerdo tácito de tolerancia mutua por esta noche solamente.

Se incorpora sobre la cama con la lentitud deliberada de quien ha aprendido a moverse sin ser vista. Su compañero de esta noche duerme con la densidad tranquila de los que duermen en su propio territorio.

Entonces lo escucha.

Un ruido constante, bajo, vibrante. No exactamente un sonido, más bien la memoria de un sonido, como si el aire mismo recordara haber sido perturbado hace siglos y nunca hubiera terminado de recuperarse. Un ronroneo. Pero un ronroneo de dimensiones que no pertenecen a ningún gato doméstico, a ninguna criatura catalogada en ningún libro de zoología conocido. La frecuencia resuena contra el esternón, contra las paredes, contra algo más antiguo que las paredes.

Se acerca a la ventana.

La cortina cubre casi todo. Casi. Por el margen que deja, tres, cuatro centímetros de ciudad nocturna, alcanza a ver un trozo de oreja negra. Solo eso. Pero la escala de esa oreja en relación con los contenedores de basura que la rodean revela lo que el resto de la cortina oculta.

Un gato negro gigante deambula por las calles del barrio.

Comprende, con la claridad extraña de las tres de la mañana, por qué nadie más está despierto para verlo. No es que el gato sea invisible, es que los habitantes de este barrio llevan demasiado tiempo respirando el mismo aire, durmiendo bajo el mismo cielo, caminando sobre las mismas piedras. El ronroneo se ha filtrado en sus huesos con los años, se ha vuelto parte del ruido de fondo de sus vidas, tan familiar como el sonido del tráfico o la lluvia contra las ventanas. Ya no pueden escucharlo porque ya no saben distinguirlo de sí mismos. El gato les pertenece tanto como ellos le pertenecen a él, y esa pertenencia mutua los ha vuelto ciegos el uno al otro.

Pero ella no es de aquí.

Su nariz todavía rechaza el olor de estas paredes. Sus huesos no conocen la frecuencia de este suelo. Está fuera de la influencia del lugar, suspendida en ese estado liminal que solo habitan los foráneos, los insomnes, los que duermen en camas que no son suyas. Y por eso puede ver lo que el barrio entero ha olvidado que existe.

La luna esta noche es color naranja y leche.

El pelaje del gato se la traga. La luz no desaparece, se transforma, pierde su calor naranja y emerge de la negrura como algo azul y frío, una chispa muda que no ilumina nada pero que ella reconoce de inmediato, con esa parte del cuerpo que reconoce las cosas antes de que la mente encuentre palabras para ellas. Se instala cerca de los contenedores de basura, indignos de su presencia, estorbos de su mirada, con la autoridad de quien sabe que el espacio que ocupa le pertenece por derecho más antiguo que cualquier municipio, cualquier barrio, cualquier ciudad construida sobre tierra que alguna vez fue suya.

El ronroneo continúa.

El hombre duerme. El barrio entero duerme, acunado, sin saberlo, por la vibración de una criatura que ha caminado estas calles desde antes de que existieran las calles. Y ella está despierta en una habitación que no es suya, mirando un gato que nadie más puede ver, preguntándose si ser foránea es siempre una pérdida, o si a veces, en noches como esta, desde ventanas como esta, es la única forma de ver lo que el mundo tiene escondido a plena vista.